Asunto: Sin destinatario

Cuando un correo sin destinatario se convierte en leyenda digital

Fue un jueves. De esos que huelen a viernes, pero saben a desvelo. Entre copas, uno de mis compañeros —de los que aún conservan alma y cicatrices en esta consultora vertical de ambiciones infinitas— me contó esta historia.

Decía que un día alguien, quizá por cansancio o por error sistémico, envió un correo sin destinatario. Ni para, ni CC, solo una copia ciega a toda la plantilla. Y lo increíble es que salió. El servidor lo aceptó. Lo liberó. Como una de esas paradojas cuánticas —onda y partícula a la vez— el mensaje no fue a nadie, pero acabó en todas partes.

El correo, sin dirección asignada, quedó vagando por la red interna. Era un paria digital. Algunos aseguraron haberlo visto colarse por los routers, desplazarse entre switches como un espectro de silicio. A ratos, sus gritos se colaban en el eco de la Wi-Fi, distorsionando videollamadas y arruinando presentaciones.

Cuando el director de proyectos reunía al equipo, se sentía un escalofrío. Como si alguien más escuchara. Como si el aire cargara estática. Luego, en los pasillos mal iluminados por flexos cansados, surgía de la nada. El correo. Un ente errante, sin cuerpo, pero con furia.

Decían que irrumpía en las oficinas, desordenaba papeles, saboteaba bandejas de salida. A los recién incorporados los silenciaba, a los jefes los llenaba de propuestas imposibles. Lo peor era que ya no se podía enviar ni un “correillo” con copia. Toda convocatoria moría antes de nacer. Las reuniones eran campo minado.

Se improvisó entonces una solución primitiva: las decisiones importantes se tomaban en el cuarto de las fregonas. Allí donde no llegaban ni las ondas hertzianas ni los cables de par trenzado. Se hablaba en voz baja, se tomaban notas con lápiz en servilletas recicladas. Y al terminar, cada cual salía por un pasillo distinto.

Nadie sabe cómo terminó. El tiempo lo fue apagando o, tal vez, aprendió a disfrazarse de aviso automático. Hoy, en aquel ala maldita, han montado un gimnasio y una sala de baile. Dicen que entre ritmos de bachata y loops de música trance, el correo encontró una factura extraviada sin NIF de empresa. Y, en su absurda soledad digital, el amor.

Relato corto surrealista Asunto: Sin destinatario
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